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Breves reflexiones sobre la cultura

Alejandro Serrano Caldera Filosofo y Jurista      

Milan Kundera en un viejo ensayo "Los desafíos de la literatura Tcheca " se pregunta si puede una pequeña Nación crear una cultura propia.

Kundera recuerda en ese trabajo que el renacimiento de la cultura Tcheca tuvo lugar en el momento en que Goethe propuso su célebre concepto de literatura mundial. "Una gran nación -dice, y traduzco del francés- resiste difícilmente a la tentación de considerar su propia forma de vivir como un valor supremo... Por el contrario, una pequeña nación no puede permitirse tales ambiciones. Ella no sueña ver al planeta transformado a su propia imagen, sino más bien de encontrarse en un mundo de tolerancia y de diversidad donde pueda vivir igual que las otras".

"El concepto goethiano de literatura mundial -continúa- corresponde justamente a ese espacio de tolerancia y de diversidad, donde la obra de arte no es sostenida por algún prestigio nacional, sino solamente por su propio valor y donde las culturas de las pequeñas naciones pueden conservar su derecho a la especificidad, a la diferencia y a la originalidad".

El mensaje quiere y debe ser optimista sin obviar por ello los riesgos que corren las culturas de los pequeños países, no ante la influencia de grandes literaturas de hegemonía mundial, como ocurría en la época en que Goethe proponía su concepto de literatura mundial como el ámbito de coexistencia de literaturas nacionales diferentes, sino ante los procesos de estandardización, robotización y transnacionalización de las economías y formas de vida y existencia.

Esto impone inaplazablemente un doble reto: reafirmar lo esencial de cada cultura para fundar sobre ella lo que podríamos llamar su ser histórico, su ontología como Nación y como pueblo en la cual reconocer la propia identidad; y, acto continuo, trascenderla al abrirse con ella al desafío de un horizonte más ancho. No hacer cualquiera de las dos cosas señaladas nos llevaría, en un caso, a la abstracción y al vacío, transformándonos, en la mejor de las situaciones, en un pueblo de imitadores; y en el otro, al enclaustramiento y auto colonización.

Los términos identidad y crisis nos plantean dos momentos fundamentales del mundo contemporáneo. La identidad está siempre referida a la cultura si entendemos por tal el conjunto de reflexiones y acciones, de creaciones y tradiciones, de formas y posibilidades, de realidades y perspectivas de una comunidad humana determinada.

La crisis es la ruptura de los referentes habituales de una sociedad y de una época, de las ideas, pero sobre todo de las creencias y de los valores que constituyen la finalidad última hacia la cual la persona y la colectividad aspiran. De las crisis surgen las posibilidades, las oportunidades, que pueden ser buenas o malas, dependiendo de la actitud que se adopte y del camino que se escoja.

La cultura es eso que el hombre ha creado y al crearlo se ha creado a sí mismo. La cultura es más que erudición o refinamiento pues es lo sustantivo que el ser humano tiene, su propia naturaleza. Sin cultura, el ser humano deja de ser lo que es pues se desnaturaliza, que equivale a decir, se deshumaniza. "La vida sin cultura es barbarie. La cultura sin vida es bizantinismo", nos advertía José Ortega y Gasset, allá por los años veinte del siglo pasado, en su formidable ensayo "El Tema de Nuestro Tiempo".

"La cultura es la morada del hombre -dice el peruano Leopoldo Chiappo-. "Es la red en la que habita suspendido sobre el abismo... sin cultura y sin aprendizaje de la cultura el hombre sucumbe"... pero, digo yo sin renovación ni creación cultural, también sucumbe.

"La parábola es clara: se es constructor de la cultura o se es presa". Esa red, la tela de araña de la que habla Chiappo explicando la parábola de Thiequin, "tiene una doble función, protectora y también predatoria. Y la araña en cada atardecer destruye su tela para volverla nuevamente a rehacer en las últimas horas de la noche, cerca de la nueva alborada. Así también el hombre destruye y construye su cultura en ciertas noches profundas, tensas de historia".

Sólo hay tres caminos:

  • o se construye cultura,
  • o se destruye,
  • o se es prisionero de redes antiguas por incapacidad de producir nuevos hilos conductores de esa natural emanación del ser humano que llamamos cultura. La naturaleza del hombre es la cultura.

    La palabra clave es crear, y yo diría más bien re-crear, pues nadie crea sobre la nada, ni construye sobre el vacío. La creación cultural es a la vez preservación y transformación. Como decía Hegel Aupheben, que quiere decir transformar para conservar. El único modo de conservar es transformando. La única forma de mantener vivo el pasado cultural es transformándolo, es creando lo nuevo a partir de las formas culturales antiguas.

    Ese es el reto para nuestra cultura, y para toda cultura: crear, transformar, continuar; "hacer camino al andar" como quería Antonio Machado, estando conscientes que no se puede ir hacia atrás, pero también estar concientes de que hay un punto de partida hoy y de que si hay un horizonte mañana, es porque ayer otros hicieron la ruta hasta aquí. No olvidemos que todo punto de llegada es también, necesariamente, un punto de partida.

    La crisis contemporánea puede identificarse a partir de la acción recíproca que ejercen dos circunstancias determinantes: la pluralidad de culturas, por una parte y la configuración de un poder único mundial, por la otra.

    La multiculturalidad, entendida como existencia de culturas plurales, no siempre se expresa como interculturalidad, es decir, como interacción de las culturas que además de comunicarse se influyen entre si. Por el contrario, en algunos casos, el fenómeno contemporáneo se manifiesta en la tendencia a la formación de micro sociedades cerradas, volcadas hacia dentro y que ven en la otra cultura, en la diferencia, un elemento real o potencialmente agresor.

    "El infierno es el otro", decía el filósofo francés Jean Paul Sartre, para caracterizar en una frase muy ilustrativa la actitud de descalificar y de satanizar la diversidad y la tendencia al hermetismo e impermeabilidad de ciertas culturas, cuyo comportamiento contrasta frontalmente con los procesos de globalización que dominan el mundo contemporáneo.

    Ahora bien, si asumimos que toda civilización es un sistema de culturas integradas, que tiene su propio núcleo de principios, objetivos, fines y valores y que tiene su propio imaginario y su particular visión del mundo y de la vida, bien pronto se percibe hasta que punto el problema se radicaliza y se vuelve más complejo.

    Los acontecimientos mundiales que se han derivado de los ataques de 11 de septiembre del 2001, las invasiones a Afganistán y a Irak, han consolidado esta estructura del poder mundial y dejado atrás el debate sobre la prioridad del Estado o del Mercado, unificando a ambos en este núcleo único del poder formado por múltiples afluentes: políticos, militares, financieros, económicos, estratégicos.

    El mundo vive una situación en la que se ha roto el orden mundial surgido al fin de la Segunda Guerra y que dio origen a las Organización de las Naciones Unidas. La ruptura del contrato social de la posguerra, es uno de los dramas de nuestro tiempo.

    Es imprescindible pues la búsqueda de un Nuevo Contrato Social para mantener la paz, para la cual la cultura, la interculturalidad entendida como dialogo y reconocimiento reciproco de las culturas es una condición necesaria.

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    Los intelectuales y el poder , "Estado de Derecho y Derechos Humanos" .

    Ha publicado tambien "Razon, Derecho y Poder, Reflexiones sobre la democracia y la politica", Hispamer, Managua, 2004.


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