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Mundialización y culturas

 por Sophia MAPPA      

  Directora del Foro de Delphes - Université Paris XII
  Miembro de PlanetAgora

El texto de Jean Tardif "De la excepción cultural al pluralismo cultural mundial como projecto politico" plantea problemas que merecen una atención particular y exigen elementos políticos de repuesta. En la coyuntura que designamos con el concepto trastero de "mundialización", la pregunta de fondo es efectivamente la que aparece al comienzo de este texto: "cómo vivir juntos, a escala planetaria, con diferencias irreductibles pero constantemente reinventadas?"

Por cierto, esté problema no es nuevo. Se plantea con más intensidad hoy en día por dos razones fundamentales: por un lado, a causa de la conciencia creciente, por lo menos en ciertos medios ilustrados, de interdependencias planetarias; por otro lado, en razón de la crisis de la hegemonía de Occidente, que regentaba, hasta ahora, el destino del planeta, sin oposición significativa, aparte del bloque soviético. La multiplicación de reacciones violentas, aunque sean ciegas, contra esta hegemonía, la emergencia de otros polos de poder (por ejemplo en China), las divergencias intra-occidentales, transmitidas y amplificadas por la explosión de los medios de comunicación, son lo factores que hacen vacilar (un poco) la convicción de un planeta alineado sobre valores occidentales, proclamados universalmente, por aquellos a quienes les interesa hacerlo.

Esta conciencia del pluralismo cultural del planeta y la necesidad de inventar distintos modos para vivir juntos exige, de ante mano, saber de que hablamos cuando evocamos las culturas y las diferencias culturales.

Descartando ciertos aspectos, estaría de acuerdo con Jean Tardif en la definición de la cultura como un sistema de representaciones del mundo y de valores, específicos a una sociedad o a un espacio socio-cultural, y implantados en su historia.

Esto me lleva a una aclaración necesaria: la cultura no es un criterio aparte y al margen de dimensiones económicas, políticas, religiosas, etc. Ella informa la unidad del campo social e instituye la sociedad. Esta, a su vez, socializa a los individuos con la cultura heredada del pasado e institucionalizada, al menos en Occidente. Las culturas cambian, pero no tan radical y rápidamente como uno lo piensa. Ellas orientan las acciones individuales y colectivas (económicas, políticas, religiosas, familiares...) y les dan un sentido. Es en este sentido que C. Castoriadis pudo hablar de la "institución imaginaria de la sociedad" y de la pluralidad de las representaciones imaginarias instituentes. De echo, las culturas que están "condenadas" a "vivir juntas" son tan diferentes que, con frecuencia, la comunicación es imposible entre ellas.

Para tomar un ejemplo, el capitalismo sería inconcebible sin los valores y representaciones imaginarias inventados en Occidente: la libertad de acción e iniciativa individuales, la apropiación privada de la riqueza, la proyección en el futuro, la diferenciación de la economía de otras actividades sociales, incluso la primicia de la economía en la coyuntura, el culto del productivismo y de la acumulación, la racionalidad instrumental, etc.

Por lo tanto, estos valores no son universales y el capitalismo (como la economía por otro lado) no ha conquistado el planeta.

Los sistemas económicos en África, en los Balcanes, en el mundo árabe y hasta en América latina, están orientados por otros valores y otras visiones del mundo: una concepción totalmente diferente de la libertad y la iniciativa individuales, la valorización de la supervivencia cotidiana, la indiferencia por la producción y a fortiori por el productivismo, la predilección de las situaciones de renta y consumo. Por eso dichos sistemas son diferentes del capitalismo y, a pesar de los discursos actuales, no se integran en un "sistema económico internacional". Están integrados en un sistema organizado y dominado por el capitalismo, que soportan, sin comprender los valores, la lógica y la racionalidad.

De aquí nace la dificultad de los actores de estas sociedades para poder transformarse en actores del "sistema internacional", de aceptarlo o de cuestionarlo, con conocimientos de causa. Y por ende, su dificultad de reaccionar ante una perspectiva de cambio, si la consideran benefica para ellos.

Tenemos en este ejemplo una ilustración de los problemas de comunicación de las sociedades, o por lo menos entre el mundo occidental hegemónico y los otros espacios socio-históricos, por lo tanto culturales.

Estas consideraciones me conducen a sugerir una primera limitación que se refiere a las "cuestiones globales" que, según los términos de Jean Tardif, son por naturaleza extranacionales. ¿Si las culturas son tan diferentes como el lo piensa (algo que yo pienso también), ¿quién define estas "cuestiones globales", según que criterios, que valores y que representaciones del mundo? ¿ el agua es una inquietud global para los ribereños del Gange? Estos últimos están constituidos de grupos hostiles entre ellos pero comparten ciertas representaciones del mundo, que hacen que boten sus cadáveres sagrados o profanos al río. Ocurre lo mismo en la selva amazónica con los brasileños bresilienos que tienen costumbres semejantes a las de los ribereños del Gange. Tenemos aquí otra diferencia cultural de las sociedades no occidentales con el Occidente, que inventó el valor y el concepto de "bien global" o de "cuestión global".

Pero precisamente, la cuestión de explicar el contenido de estas diferencias es evacuada en Occidente. Y más aún en las otras sociedades del planeta dónde la desestimación del Otro constituye el cemento de los grupos. Varias razones concurren en esto: la complejidad de los problemas que encadena, la dificultad universal de entender al Otro (incluyendo en Occidente) y, con mayor razón, de aceptarlo.

La obra "civilizadora" de este último, todavía en práctica, a pesar de los discursos sobre la pluralidad del planeta, incluso a través de las políticas de "cooperación internacional para el desarrollo" (el de los demás por supuesto) es una buena ilustración de esta dificultad. Pero hay otra más, específicamente occidental: la de ser coherente con sus propias definiciones y aceptar que tratemos a los demás como iguales. El ex-ministro brasileño de la educación, señala, con humor, que la internacionalización de la selva amazónica, proclamada bien común del planeta por el Occidente, tendría que tener como condición la internacionalización de todos los bienes comunes que los occidentales se han apropiado y explotan: como el Louvre y el petróleo o, la sede de la ONU y la ciudad de Nueva York que la aloja y se aprovecha de ella. Mientras estas cuestiones no sean discutidas públicamente, el pluralismo cultural tendrá dificultades para transformarse en un proyecto político real.

De allí nace una segunda limitación al concepto de "hyper cultura globalizante", que, según Jean Tardif, sería construida por los medios occidentales, y desvalorizaría las culturas locales, por razones principalmente económicas. De echo, los "medios globales" son los medios Occidentales. Estos dominan el planeta, no sólo gracias al poder económico de Occidente sino también por razones profundamente culturales, entre las que la producción de riquezas es uno de los aspectos. Otro más profundo es la capacidad para apropiarse y alienar las otras sociedades desde el interior, es decir, suscitar la vergüenza de si mismas y hacerlas codiciar el modelo occidental, que les parece inaccesible. Dicho de otra manera, la dominación cultural de los "medios globales" se funda en la subordinación, aceptada y no confesada, de las culturas "locales" hacia la cultura dominante. Subordinación que es demasiado compleja para ser reducida a la panacea argumentativa en la que se ha transformado la pobreza. Quién dice subordinación sugiere también la falta de deseo del subordinado de entenderse y de entender el dominante. ¿Por qué Dinastía o Dallas, que han penetrado hasta la selva africana, suscitan el deseo de imitar el dominante, no de entenderle en sus diferencias, para tomar co,nciencia de sus propias diferencias? Lo propio de la subordinación es la alienación inconsciente y el rechazo, también no confesado, de sí mismo: de dónde nace la ilusión de considerarse como el Otro y, al mismo tiempo, de odiarlo.

En mi opinión, si hay un riesgo de darwinismo cultural, este reside, en primer lugar, dentro de las sociedades en cuestión que están amenazadas, ante todo, por ellas mismas. Es un hecho cultural total cuyo remedio depende del interior. Esto dicho, volver a poner en tela de juicio los medios globales y su concentración, como propone Jean Tardif, es más que nunca una necesidad.

Estos ponen en peligro, en primer lugar, las sociedades occidentales, que los han engendrado y soportan sus consecuencias. El empobrecimiento del sentido critico y la nivelación consecutiva de la cultura occidental es una de estas consecuencias y no la menor.

La tercera limitación trata de lo político. Es verdad que es necesario renovar la reflexión y abrirla hacia debates transnacionales y transculturales, pero la condición primera es subrayar la dificultad de comunicación y tratar de confrontarla . Es necesario también aceptar que no hay rupturas, ni en materia de conocimientos ni en materia de prácticas sociales y políticas. Hay demasiadas "reflexiones" desconectadas del mundo real. Por eso, si es verdad que el Estado (del que el Estado-nación es una forma especialmente occidental) tiene que acomodarse con otros actores sociales (lo que ya hace en beneficio de las empresas, entre otras, multinacionales). Sería erróneo preconizar que el Estado sea un actor indiferenciado de los demás, por lo menos en Occidente dónde tiene (todavía) un poder de regulación social. Tampoco se deberían confundir todas las formaciones estatales del planeta con el Estado occidental y considerar una vez más, soluciones universales que van a excluir los tres cuartos del planeta.

(traducido del francés por Adelaide Amelot, rev. por Martha Prieto)

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