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  La americanización y la expansión del conflicto étnico
  a nivel mundial : la trampa de la globalización

 por Dr. Daniele CONVERSI      

Department of Government, London School of Economics Notas biograficas

Desde el año 2000 -o incluso antes- han empezado a proliferar nuevas publicaciones y trabajos de investigación independientes que ilustran de manera minuciosa cómo las grandes empresas han asumido las funciones del gobierno en varios ámbitos fundamentales, amenazando así el núcleo de la demos. Las obras de Naomi Klein (2000), Noreena Hertzio (2000), George Mombiot (2002), Greg Palast (2003) y muchos otros han subrayado cómo los intereses corporativos, vinculados sobre todo a Estados Unidos, llegan a pervertir y acaparar las funciones gubernamentales, tergiversar sistemas jurídicos enteros y destruir la soberanía popular, poniendo en peligro la estructura misma de la democracia a nivel mundial. La irrupción del movimiento antiglobalización refleja y encarna la creciente preocupación que suscitan los excesos desproporcionados del capitalismo corporativo.

Sin embargo, estos cambios decisivos deben ser objeto de importantes investigaciones académicas. De hecho, la mayoría de análisis "académicos" se efectúan aún en un contexto de vacío conceptual y terminológico, lo que puede acarrear críticas previsibles de colusión entre el mundo académico y los intereses corporativos, e incluso con el expansionismo imperialista americano (Pilger 2001). Si bien estas críticas pueden ser fundadas hasta cierto punto, cabe afirmar también que los académicos universitarios -que viven apartados, seguros y extremadamente confiados en el ambiente conservador donde se desenvuelven- suelen tardar en reaccionar a los acontecimientos históricos y son incapaces de comprenderlos y articularlos de manera accesible a la opinión pública.

Es significativo que los investigadores sigan sin ponerse de acuerdo sobre el término globalización, para el que no existe aún ninguna definición coherente o universal. Algunos autores se interesan en la dimensión económica y otros en los flujos financieros, los aspectos políticos, jurídicos y otras facetas de este proceso. De todas las formas de globalización, la globalización cultural es quizá la más visible y real a medida que avanza en su camino de destrucción global, eliminando a su paso todas las barreras y protecciones tradicionales. Además, es aquella que se puede identificar mejor con el dominio ejercido por Estados Unidos a nivel mundial. En el presente artículo, relacionaré la globalización cultural con el doble concepto de "seguridad cultural" desarrollado por Jean Tardif y otros autores.

En su forma actual, la globalización cultural se puede definir en líneas generales como la importación masiva y unidireccional de elementos e iconos culturales estandarizados procedentes de un sólo país -Estados Unidos- y que, para gran parte del planeta, es sinónimo de Occidentalización, y especialmente, de americanización. La consecuencia internacional de esta amenaza global es un sentimiento difundido "de inseguridad cultural" que hasta el momento no puede expresarse de manera racional y organizada y comienza a manifestarse a través de actitudes antiamericanas viscerales e imprevisibles (Sardar y Davis, 2002).

El término "americanización" se debe entender aquí en su sentido más superficial, incoherente, parcial y deficiente, como una imitación o remedo de algo cuyo valor ni siquiera se entiende o como la difusión de aspectos banales y comerciales de productos americanos industrializados y de consumo masivo.

Un área que requiere atención prioritaria es la relación existente entre la americanización y los conflictos interétnicos o nacionales y el principal reto consiste precisamente en definir dicha relación. ¿El nacionalismo refuerza o amenaza la globalización? ¿La globalización refuerza el nacionalismo o podría canalizarse en dirección opuesta? ¿Qué clase de nacionalismo puede surgir con la globalización o como reacción a la misma? ¿La globalización es una de las causas de conflictos étnicos, xenofobia y racismo?

Esta última interrogante es especialmente importante ya que la mayoría de indicios parecen señalar que la respuesta es positiva y que existe un vínculo directo entre la globalización cultural y el aumento del nacionalismo racista y xenófobo. Hace más de treinta años, Walker Connor (1994, 2004) fue uno de los primeros en sostener que el aumento de los contactos internacionales suele ir acompañado por un aumento de los conflictos internacionales. Algunos contactos generan forzosamente más choques que encuentros y favorecen más la separación que la fusión entre culturas. Este fenómeno parece contrario a las hipótesis compartidas por comunistas y fanáticos del libre mercado tanto en el pasado como en el presente.

Sin embargo, ¿qué contactos pueden generar conflictos? No todos los contactos suscitan reacciones étnicas ni atizan la conciencia étnica ni su carácter militante. Si ese fuera el caso, el mundo viviría en conflicto permanente. ¿Qué tipo de contactos internacionales genera conflictos? Esta interrogante ofrece una amplia gama de posibilidades a la investigación académica. Como respuesta tentativa, se puede afirmar que los contactos que producen un sentimiento de amenaza colectiva corren el riesgo de ser mayor fuente de conflictos. Si se amenaza la cultura, el modo de vida y el sentido de continuidad de un grupo, es muy probable que dicha amenaza genere una creciente movilización colectiva. Y todo ello reside en el núcleo de la inseguridad cultural.

Sin embargo, si se adopta un enfoque demasiado restringido sobre el tema se descartaría la posibilidad de que el sentimiento de amenaza sea fabricado por las élites políticas. Por ejemplo, con fines de control político interno, las élites americanas han ampliado de manera exagerada la "amenaza" que pueden representar los "extranjeros" presentes en el país, las personas cuya conducta difiere de lo establecido, las "sectas", los terroristas y distintas figuras estereotipadas por los medios de comunicación, al menos desde los años en que Clinton ocupaba la presidencia (Zulaika y Douglass, 1998). Del mismo modo, mediante manipulación política, los medios pueden ocultar fácilmente una amenaza real a la opinión pública. Ello ocurre, por ejemplo, con la oscura tentativa del gobierno americano de censurar las "malas noticias" relativas a las empresas contaminantes y, en particular, las terribles consecuencias del efecto invernadero y del recalentamiento global. Así pues, ya sea que las amenazas sean reales o no, es necesario centrar la atención en las élites políticas y no olvidar el control que ejercen sobre los medios de comunicación y, por ende, su capacidad de filtrar, tamizar y seleccionar las noticias que "merecen" o no ser difundidas. (Herman y Chomsky, 1988, Snow, 2003).

No cabe duda de que las empresas multinacionales han acaparado en gran medida la "soberanía nacional". Sin embargo, el nacionalismo no ha muerto. Por el contrario, considero que, pese a su potencial, el fin de la soberanía nacional ha contribuído paradójicamente a su aumento (Conversi, 1999). Una de las principales razones que explican este fenómeno es lo que llamo la estructura "piramidal" de la globalización, compuesta por una élite insignificante de organismos privados y públicos americanos en la cúspide de la pirámide y la gran mayoría en la base. En este contexto, es poco probable que la tendencia que siguen los intercambios globales favorezca el diálogo intercultural. Cabe por tanto plantearse una interrogante fundamental: ¿es posible que la globalización cultural no se traduzca en un verdadero aumento de los contactos interpersonales, interétnicos e interculturales? De hecho, en la mayoría de ámbitos de la vida pública, no existe globalización cultural en sentido estricto. El proceso es más bien piramidal y descendente, con un reducido número de individuos y grupos -prácticamente todos americanos- que definen los modelos que se imponen luego al resto de la humanidad. Si este "mundo feliz" tuviera una capital, sería Hollywood más que Washington. La globalización cultural puede seguir pareciendo distante a los académicos clásicos que viven aislados en sus torres de marfil y se aferran exageradamente a objetos fetiches de investigación. Más allá del espléndido aislamiento académico, la "Hollywoodización" se ha convertido en el pan cotidiano de millones de personas en todo el mundo. De hecho, es la única realidad conocida para un número cada vez mayor de personas comunes y corrientes. Las herramientas básicas de socialización -que se encontraban antes en manos de la familia (nuclear o extendida) y pasaron luego a poder del Estado en la "fase" industrializada de la educación obligatoria- han quedado, con la posmodernidad, a merced de potencias empresariales y magnates de medios de comunicación con un afan desmedido de obtener ganancias. Si un grupo no puede garantizar que la socialización de sus hijos se lleve a cabo según su cultura y sus tradiciones, los cimientos de la nación están en juego.

El caso es que el nacionalismo y la xenofobia han progresado al mismo tiempo que la globalización. De hecho, el nacionalismo no sólo puede persistir y resistir, sino que también puede ser percibido como una respuesta a la agresión.

Si dependiéramos de Hollywood y entornos similares como únicos vehículos de la "globalización", la comunicación interétnica desaparecería automáticamente. Existen casos que ilustran este fenómeno. En la mayoría de países del antiguo bloque comunista, la explosión de chauvinismo, racismo, neofascismo y xenofobia va de la mano de una fe ciega en el consumismo masivo. Como lo diagnosticó el filósofo político John Gray del London School of Economics (1998), los dogmas de libre mercado ya han anunciado el triunfo del "capitalismo anarquista" y sus mafias atómicas en el Este McDonaldizado. Sin embargo, existe un factor aún más importante: el colapso de la comunicación interétnica e internacional real como consecuencia directa de la americanización superficial.

El caso de Hungría ilustra bien esta problemática. Hasta 1989, era relativamente fácil ver películas francesas, rusas, italianas, británicas y de otros orígenes en los cines y canales de televisión de ese país. La situación ha cambiado y actualmente sólo se pueden ver producciones de Hollywood (lo mejor y lo peor). Los datos sobre este "suicidio" o "autogenocidio" cultural comienzan a estar disponibles, aunque aún no son objeto de debate en la misma Hungría. El mismo fenómeno se repite en Polonia, Rusia, Uzbekistán y prácticamente todas las sociedades postcomunistas dirigidas por gobiernos corruptos que han traicionado a sus antiguas culturas a cambio de un puñado de dólares. Sin embargo, se prefiere guardar silencio sobre este destino común para evitar la indignación de ser comparado o puesto en el mismo saco. La negación es una reacción instintiva e irracional. Cualquier característica en común -incluso una tan obvia como el legado de 40 a 70 años de comunismo- se niega como si se tratase de una burda generalización. Sin embargo, el mismo hecho de negar una experiencia compartida presagia el surgimiento de un conflicto interétnico y, en el fondo, es incompatible con la pertenencia a una sociedad internacional o a cualquier organización supranacional.

En vez de actuar como un puente entre culturas, este movimiento unilateral de homogeneización ha socavado las bases necesarias para la comprensión mutua, obstaculizando la comunicación interétnica e internacional. Asimismo, podemos afirmar que este fenómeno ha sido favorecido por el persistente legado totalitarista que ya había transformado a las sociedades comunistas en una tabula rasa cultural, preparando el terreno para la globalización cultural (Conversi, 2001). En las antiguas sociedades comunistas, la americanización ha reemplazado directamente a la sovietización, tanto a nivel político como cultural. Mientras que McDonald, MTV y Hollywood triunfaban dejando fuera de competencia a sus rivales, las grandes empresas americanas heredaban intactas las estructuras políticas del antiguo régimen y las transformaban recurriendo a la corrupción y al servilismo. Lo que George Soros ha definido como el mito del "fundamentalismo del libre mercado" ha reemplazado al mito comunista: "El fundamentalismo del mercado es el responsable de que el sistema capitalista global carezca de solidez y sea insostenible (...) y representa hoy una amenaza mayor para la sociedad abierta que cualquier ideología totalitaria." (Soros, 1998)

Si volvemos al ejemplo de Hungría, la americanización no sólo ha significado la erradicación de la cultura húngara en todas las áreas, con excepción de la lengua (impenetrable por razones semánticas y filológicas y, por ende, inaccesible para quienes no hablan húngaro), sino también la desaparición y ruina de las culturas vecinas. De esta manera, se producen y acumulan dos situaciones de autodestrucción, que van de la ausencia de cultura e intercomunicación -mediante una relación doblemente negativa- a una situación de conflicto inevitable.

Sin embargo, si se pudiese definir la globalización cultural como una "americanización" manifesta, la ecuación sería más simple y los académicos del nacionalismo podrían encontrar un nuevo tema de reflexión y teorización. En este caso, se podría asociar automáticamente la globalización con el colonialismo y/o el imperialismo (según la inclinación ideológica) y el emperador estaría desnudo. El nacionalismo y el etnicismo podrían convertirse eventualmente en medios de resistencia a la globalización, aunque en la mayoría de casos ello no ha ocurrido. Por el contrario, el nacionalismo ha reforzado a menudo la globalización y viceversa. Por ende, es necesario analizar más a fondo la relación que existe entre ambos movimientos, considerando que el hecho de aceptar el imaginario americano de manera superficial no implica que la forma y el fondo del mismo se acepten de manera pasiva a largo plazo.

Se puede proponer de manera tentativa tres líneas de investigación sobre el tema.

Una primera línea de interpretación podría centrarse en los efectos políticos a largo plazo del cambio sociocultural, definido de manera más apropiada como "inseguridad cultural". El innovador punto de vista de Benjamin Barber (1995), según el cual el "McWorld" lleva en sí mismo el germen de una "Yihad" planetaria, se inscribe en una tradición sociológica más amplia que ve que el desarraigo social masivo lleva a una agitación social generalizada y la destrucción cultural desemboca en la desintegración social. Este enfoque puede ser asociado con el modelo clásico de la causalidad o, si se recurre a la medicina o a la química, con una visión homeostática del cambio social (Conversi, 1995). Por ejemplo, Ernest Gellner (1983) consideraba el nacionalismo como una consecuencia inevitable de la industrialización y una reacción a la misma. Zygmunt Bauman se ha referido a la relación entre el Holocausto y la modernidad (Bauman, 1989) y Walker Connor (1994, 2004) ha puesto de relieve la fuerza subyacente, persistente y dominante de los sentimientos étnicos contra los grandes proyectos de los "nation-builders" asimilacionistas. Recientemente, John Gray (2003) ha aludido al desarrollo de Al Qaeda y del terrorismo global como una consecuencia perversa de la expansión de la modernidad occidentalizada entre las élites no occidentales. En otras palabras, existiría una relación dialéctica entre la perturbación social que implican la Occidentalización y la modernidad, y la explosión subsiguiente de nacionalismo, conflicto y guerra étnica, relación que se acentúa con la intensificación de la globalización.

Un segundo marco de interpretación podría ser proporcionado por el enfoque de "falta de comunicación" al que hice referencia anteriormente. El principal argumento reside en que el 'orden mundial' posee una estructura vertical y piramidal en la que los grupos tienen cada vez menos posibilidad de comunicarse e interactuar de manera significativa y conocer las tradiciones de los demás. Para cada vez más personas, la cultura consumista americana es la "única ventana al mundo" y, por consiguiente, conocer y apreciar otras culturas se ha convertido en una tarea muy ardua. El "fundamentalismo del libre mercado" encabezado por la americanización cultural no sólo ha ocasionado una catástrofe medioambiental, sino también un incremento acumulativo del nacionalismo y la xenofobia. Según esta perspectiva, no existe globalización "a secas" sino, por el contrario, un mayor restablecimiento de relaciones y una erosión del entendimiento detrás de una fachada de homogeneización global.

Una tercera línea de análisis debería centrarse en una forma más concreta y real de globalización que puede desarrollarse independientemente de la Occidentalización: el papel creciente de las diásporas en la política internacional y el incremento del "nacionalismo electrónico" (término acuñado por Benedict Anderson, 1992). En un mundo cada vez más uniforme, las identidades "étnicas" no sólo han resistido, sino que se reafirman continuamente. El desarrollo de Internet ha suscitado la creación de redes políticas etnoglobales que sólo pueden ser contenidas por fronteras oficiales si se restringen los derechos humanos fundamentales. La telefonía móvil, pese a ser objeto de supervisión por parte de órganos gubernamentales, ha reforzado simultáneamente el exclusivismo étnico, los vínculos familiares y el control ejercido por los padres, aumentando los contactos comunitarios y disminuyendo la posibilidad de nuevos encuentros interpersonales.

El tema más constante en la literatura nacionalista reciente es el de la persistencia y continuidad étnica (Smith, 1998). Como en el caso de otros movimientos masivos producidos a lo largo de la historia, las movilizaciones y los conflictos étnicos han sorprendido a menudo a los investigadores y periodistas por su aparición súbita e "inesperada". Por dicha razón, se debería hacer énfasis en el carácter imperceptible y esquivo de la etnicidad en el marco de una sociología e historia de la imprevisibilidad humana de perspectiva más amplia. Como un ejemplo reciente de este fenómeno, podemos citar el movimiento antiglobalización (realmente global) que ha surgido de manera imprevista y sin anunciarse en distintas partes del mundo, de Seattle a Praga, de Quebec a Gotemburgo y Génova. Sin embargo, era previsible que se produjese una reacción popular contra los excesos de la globalización, percibida por muchos como un colonialismo americano dominante, y algunos anticiparon tanto su surgimiento como sus modalidades inicialmente contradictorias, desorganizadas y "anárquicas" (Barber, 1995).

Del mismo modo, los indicios acumulados a partir de varios estudios de casos llevados a cabo durante los últimos treinta años apuntan hacia la posibilidad de predecir, o por lo menos de esperar, la aparición de conflictos étnicos en determinadas situaciones. Se sabe, por ejemplo, que el papel del Estado es fundamental para predecir un conflicto étnico, cuya aparición depende mucho de la actitud del Estado y de su reacción -conflictiva o tolerante- ante el multiculturalismo, el pluralismo religioso o la disconformidad étnica, así como de las relaciones que logre establecer al respecto. Naturalmente, el nacionalismo puede convertirse en un arma de los débiles o una herramienta de regímenes opresivos e imperialistas.

En el presente artículo, sólo intento ofrecer una visión inicial sobre el concepto erróneo de aquellas empresas que afirman que la McDonaldización y la Hollywoodización pueden favorecer el entendimiento. Hay mucho que decir sobre este proceso de destrucción mundial y sobre sus consecuencias en la promoción de conflictos. El mismo concepto de seguridad cultural, tan importante para las relaciones internacionales y la coexistencia pacífica, se puede apreciar en un contexto de precariedad sin precedentes. Más aún, la política cultural interna del país más poderoso del mundo puede considerarse como un peligro para el resto de la humanidad, especialmente debido a que Estados Unidos se ha atribuido el derecho de salvaguardar su mercado mediante el proteccionismo cultural, optando por aislarse de corrientes externas en razón de la superioridad de su cultura y sus logros. "Si los americanos reciben menos de un 3% de productos culturales extranjeros, cómo pueden estar preparados para entender el mundo?" (Tardif). Al mismo tiempo, los demás países toman cada vez más conciencia de que la americanización no es un asunto de "libre elección", sino que forma parte de una agenda política ordenada, basada en la imposición de políticas culturales desarrolladas de manera centralizada. El sentimiento de inseguridad cultural se ha extendido a escala mundial y corre el riesgo de desarrollarse aún más.

En resumen, la globalización cultural -que, en su forma actual, es sinónimo de americanización- genera conflictos a varios niveles. Como se trata de un proceso unidireccional, puede desembocar en todo, menos en la fusión de naciones o la mezcla de grupos étnicos. Contrariamente al mensaje que predican los apóstoles de una globalización sin restricciones, la imposición de cada vez más productos masivos e iconos culturales americanos disminuye las posibilidades de encuentro y comunicación interétnica directa y de entendimiento entre los pueblos. En su forma actual, la globalización significa conflicto.

(traducido del inglés por Erika MONGRUT DE LA TORRE)

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